Alejandro Toro, el arte como una pasión que nunca se fue

Desde niño encontró en el dibujo un lugar para imaginar. Años después, volvió al arte para descubrir que aquella pasión seguía intacta


Desde niño encontró en el dibujo un lugar para imaginar. Años después, volvió al arte para descubrir que aquella pasión seguía intacta y que también podía convertirse en una manera de detenerse, crear y disfrutar.
Hay pasiones que parecen quedar en el pasado, pero que en realidad nunca desaparecen. Permanecen guardadas, esperando que alguna circunstancia de la vida vuelva a despertar aquello que alguna vez nos hizo felices. La historia de Alejandro Toro tiene mucho de eso. Hoy es contador y artista, pero antes de todo fue un niño que descubrió en el dibujo una manera de imaginar otros mundos, crear personajes y compartir historias con sus amigos.



Su acercamiento al arte comenzó durante la infancia, impulsado por la curiosidad y por la fascinación que sentía por las historietas y los dibujos animados de aquella época. Condorito, Patoruzito y muchos de los personajes que formaban parte del entretenimiento de aquellos años despertaban su interés. Alejandro no solo disfrutaba de esas historias: también quería reproducirlas, observar sus formas y tratar de llevarlas al papel. “De pequeño me fascinaba dibujar. Me gustaba copiar”, recuerda al mirar hacia aquellos primeros años.
Cuando tenía alrededor de ocho años, esa inquietud encontró un espacio para desarrollarse de una manera más formal. Sus padres lo enviaron a clases de pintura con el profesor Ángel Biagini, quien tenía un taller en el barrio Córdoba. Era un espacio pensado principalmente para adultos, pero el entusiasmo de aquel niño hizo que le permitieran ingresar. Allí comenzó a descubrir que detrás de un dibujo había muchas posibilidades y que el arte también podía construirse a través de diferentes técnicas.


En ese taller no solamente aprendió a dibujar. Comenzó a trabajar con distintas graduaciones e intensidades y experimentó con acuarelas, témperas y óleos. Aquellos fueron sus primeros pasos en la pintura y una etapa importante para desarrollar sus recursos como ilustrador. A esa formación también le sumó los cursos de dibujo por correspondencia, una modalidad bastante utilizada en aquella época, que le permitió incorporar nuevos conocimientos y reforzar las técnicas que ya venía desarrollando.


Sin embargo, aunque la pintura formó parte de sus primeros aprendizajes, había una disciplina que continuaba despertando algo especial en él: el dibujo. Era allí donde podía dar rienda suelta a su imaginación y crear personajes, escenas y mundos propios.


Durante la escuela primaria comenzó a hacerse conocido entre sus compañeros por su habilidad para dibujar. Era, de alguna manera, “el dibujante de la escuela”. Los robots y personajes de series que marcaron a toda una generación aparecían en sus trabajos. Mazinger y Robotech estaban entre sus referencias, pero su imaginación no se limitaba a reproducir aquello que veía. También comenzaba a crear.


A los diez años tuvo una experiencia que recuerda especialmente: su primera participación en una muestra de arte. En El Trébol se organizó una exposición de artistas y Alejandro decidió presentarse con un dibujo de Rambo. Para un niño de esa edad, la obra tenía un nivel de detalle que llamaba la atención y representaba, de alguna manera, todo lo que había ido aprendiendo durante sus primeros años de contacto con el arte.


Por entonces también comenzaron a aparecer sus propias historietas. Alejandro inventaba historias protagonizadas por niños, muchas veces inspiradas en personas que conocía y en situaciones de su propia realidad. Tomaba elementos de aquella pandilla de amigos, los mezclaba con ficción y aventuras y los convertía en personajes. Después compartía las historietas con sus compañeros, no con una intención profesional, sino simplemente por el placer de crear algo y ver cómo sus amigos disfrutaban de aquellas historias.
Realizó la escuela primaria en la Escuela San Martín y luego continuó sus estudios secundarios en el Comercial. Aquella etapa escolar fue probablemente el momento de mayor proyección de su faceta como dibujante. Sus compañeros y docentes conocían su habilidad y el dibujo formaba parte de su identidad dentro de la escuela.


Pero la vida fue llevando a Alejandro por otros caminos. Con el paso de los años fue dejando progresivamente el dibujo y comenzó a dedicar más tiempo al deporte y a la música. La guitarra apareció como una nueva forma de expresión y el rock se convirtió en otra de sus pasiones. Como tantos jóvenes de aquella época, también soñó con tener una banda junto a sus amigos. El arte visual quedó entonces en pausa.


El regreso al dibujo llegó muchos años después y de una manera inesperada. Ya adulto, el maestro Roger Aguilera lo convocó para trabajar en un proyecto cultural vinculado a la promoción de la lectura y al acercamiento de los niños al libro físico. Aguilera encontró en los dibujos de Alejandro una posibilidad para acompañar aquellas historias y ese trabajo terminó despertando nuevamente una pasión que parecía haber quedado atrás.
Desde entonces, Alejandro ha participado en la ilustración de alrededor de seis libros junto a Aguilera y continúa trabajando en otros proyectos que se encuentran en desarrollo. Una de las características de su trabajo es la capacidad de adaptarse a cada historia. No busca imponer siempre un mismo estilo, sino encontrar para cada libro una identidad visual diferente, de acuerdo con el contenido, el tono y las características de la obra.



Pero su mirada sobre el arte hoy va todavía un poco más allá. Alejandro tiene entre sus proyectos la posibilidad de desarrollar una propuesta relacionada con la salud mental y las artes visuales. Su idea parte de algo sencillo, pero profundo: no hace falta querer ser artista para acercarse al arte.
Dibujar, pintar o simplemente dedicar un momento a una actividad creativa puede convertirse en una pausa frente al ritmo cotidiano. En una época atravesada por las obligaciones, las pantallas, las preocupaciones y la velocidad, encontrar un espacio para crear puede ser también una forma de relajarse, desconectarse por un momento y disfrutar.
La propuesta no busca formar artistas, sino recuperar el valor de ese tiempo personal que muchas veces queda relegado. Tomar un lápiz, una hoja, un pincel o cualquier herramienta y permitirse crear sin exigencias puede convertirse en una experiencia de bienestar.





Seguí Leyendo...